REENCUENTRO por Vicente Zaragoza – escritor
Recorrer con los sentidos la obra de María, desde los inicios hasta la actualidad en esta muestra que, a partir de hoy, nos ofrece significa, en primer lugar y por encima de otras consideraciones superar de un plumazo la vieja y eterna antinomia del ceramista, ¿Puro o aplicado?,¿Artista o artesano?.
La obra que se exhibe permanente reencuentro de la autora con la materia, proclama a los cuatro puntos cardinales la supremacía del arte, de la perpetua búsqueda de la forma, del color, de la textura, del conjunto, de la sempiterna lucha por el dominio y control de la naturaleza, por el control y el dominio de la expresión.
Hay en el trabajo que hoy vemos una necesidad imperiosa de transmitir al espectador que el barro, el gres, la porcelana… la tierra, en ultima instancia, tienen alma cuando se unen a las manos de la artista y, esa alma queda profundamente enriquecida, intensificada, contraída por la acción creativa del fuego. Y de ahí, de esa conjunción perfecta de manos, materia y fuego brota lo esencial, la nomina de formas, el hallazgo técnico y estético la que ella llega tras un largo proceso de investigación-experimentación-reflexión creativa.
Y cada vez que uno se asoma a la obra de María se siente poseído por una sola duda. No sabe si admirar esas hermosas esculturas cerámicas (“más densas, mas planas, más oscuras, más lentas” escribía hace unos días Bernardo Atxaga en Chillida-lexu) o esas composiciones murales planas o esas estructuras escultóricas con elementos móviles, o esas formas esenciales que surgen de lo más hondo de la tradición (de Micenas al tío José el alfarero): Jarras y platos que tienden sin falsos alardes, al universo conceptual y dejan de tener su carácter puro y funcional para convertirse en auténticas esculturas.
Destacar, además, que en María (perdón por la metonimia) se cumple un hermoso reto, el acuerdo perfecto, la armónica conjunción del color y la forma, aspiración suprema del artista plástico. Tanto si miramos sus murales, sus platos de siempre como sus últimos experimentos de rostros negros sobre discos, a caballo entre el realismo más feroz y el futurismo más orweliano.
Hay flotando, sobrevolando este re-encuentro, un hecho que constituye el elemento de unión globalizador en un conjunto tan singular como pluriforme. Es, (y nadie podrá convencerme de lo contrario) la clara intencionalidad estética. Desde el más simple adorno menor (flor, árbol, mariposa, velero…” pan de ceramista) hasta la complicada estructura de complejidad constructiva, pasando por esos platos-bodegones, en cada poro, en cada mínima variante de textura o color se pone de manifiesto un descarado deseo de ser arte, voluntad de aparecer como obre de auténtica “poiesis” (creación), expresión voluntaria de corazón, manos y materia. Todo un intento de lograr auténticos remansos de solaz para el ojo, el oído (un consejo, intentad descubrir la diferencia entre las obras sonoras y las del silencio) así como para el tacto… en definitiva, obra que te lleva a lo esencial, que contra la epidermis.
Gracias, María.
